SUPERAR LAS DIFERENCIAS, REMAR EN LA MISMA DIRECCIÓN

Tras el breve lapsus de los carnavales, volvemos a nuestro texto semanal en el que poner en práctica el ejercicio del comentario de texto. En esta ocasión, se trata de un artículo publicado en La Voz de Galicia que aborda un problema general percibido por la mayoría de los españoles. Y es que, tal y como aclara su autor –Carlos G. Reigosa–, el problema de nuestros políticos ocupa el tercer lugar en el índice de las preocupaciones de los españoles. En muchos lugares, tanto en la red como en otros medios, se escucha continuamente la enorme desconfianza que están provocando los políticos en nuestro país, más empeñados en tirarse los trastos a la cabeza que en arreglar lo que tanta necesidad tiene. El autor rememora los viejos tiempos tan recientes del periodo político de la transición, en el que todos los españoles supimos perder algo propio para ganar mucho colectivamente.

TEXTO

Deberíamos empezar a recuperar los grandes valores de la política que afloró en la transición española y que hemos ido dilapidando en la última década. Sería un gran paso. Porque ya no cabe duda de que el encanto de nuestra vida política empezó a desvanecerse durante la segunda legislatura de Aznar (tras una primera ejemplar) y ha empeorado en las dos de Zapatero. ¿Qué queda de aquellos tiempos en que éramos tan admirados por ser capaces de alcanzar acuerdos y remar todos juntos en la misma dirección para superar las dificultades de España? Queda menos de lo debido. Y en esto coincidimos muchos ciudadanos, más allá de la ideología o de la decisión de voto. La noble condición de adversarios o rivales de nuestros políticos se ha ido aproximando con harta frecuencia a la de enemigos irreconciliables, incapaces de lograr acuerdos.

Por todo esto creo que ha llegado el momento de recordar que fuimos percibidos como un modelo y estudiados como tales en la Europa del Este y en toda Iberoamérica. Un modelo político de entendimiento, de entusiasmo y de generosidad. Hasta que volvimos a mirarnos con desconfianza y asomaron rencores y ansias revanchistas, que se han ido consolidando en esta última década, en la que se ha prodigado la provocación y han brillado por su ausencia los grandes acuerdos, sobre todo entre el PSOE y el PP.

¿Qué cabe esperar del futuro? Más de lo mismo en versión PP, dicen algunos. Pero esto no es lo deseable. Porque todavía el cainismo no ha arraigado entre nosotros y no es cuestión de convocarlo impulsando derivas malditas. La virtud de la transición es que sacó de nosotros lo mejor, por ello no puede ser vista como una antigualla. Por el contrario, es una respuesta todavía cabal y ecuánime, respaldada por lo hechos. Estaría bien que Zapatero impregnase de ella su voluntad rectificadora y que Rajoy se animase a recuperar (en la oposición y en el Gobierno) una vía que tan buenos resultados dio.

De este modo, la clase política dejaría de ser la tercera preocupación de los españoles. Porque los ciudadanos necesitamos de los políticos un horizonte sin rencillas mezquinas ni desacuerdos interesados. Solo de este modo merecerán que no les demos la espalda.

Carlos G. Reigosa, La Voz de Galicia

 

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